Dejarse domesticar
Aloha humanos,
Estoy a punto de emprender una nueva aventura. Quedan días. Pocos.
Y a estas alturas me encuentro como la gata de Schrödinger.
Estoy de ambas maneras a la vez, y solo se sabrá cuál prevalece cuando por fin dé el último paso.
Hace años que vivo entre dos mundos. Mi corazón pertenece a ambos lados y a mucha gente. Y con los años, y a pesar de las rarezas, ese sentimiento no ha hecho más que intensificarse.
Vuelvo a hacer maletas y a viajar, pero así como una vez me fui alegre y risueña, esta vez el alma pesa un poco más, porque es mucho y muy bueno lo que una deja atrás.
Sé que la vida me ha demostrado que partir no significa romper los vínculos. Tengo personas maravillosas a las que quiero profundamente y que han resistido el paso de los años, la presencia y la distancia. Y sé que seguirá siendo así.
Pero hoy vengo a hablar de la amistad, del amor y de la familia.
La tríada que, si existe en tu vida, creo que te permite descansar en paz.
Me siento profundamente afortunada. Porque Dios, el destino o el azar han puesto en mi camino una familia maravillosa que se extiende mucho más allá de los vínculos de sangre.
Tengo la fortuna de sentirme orgullosa de mi entorno, de contar con una fuente inagotable de inspiración, apoyo y amor incondicional.
Quizá por eso soy como soy. Quizá por eso no sé amar de otra manera.
Pero esta vez, además, no solo dejo atrás a personas bonitas a las que quiero. Dejo atrás a tres seres maravillosos que en muy poco tiempo se han convertido en algo más que amigas, algo más que familia.
Porque no es solo todo lo que hemos compartido, que es tan nuestro que solo nosotras lo entendemos, como si hubiéramos inventado un idioma propio, un código secreto. Es que cada una de ellas ha venido a sumarme, a enseñarme algo, a ampliar mi mundo.
Han conseguido que crea en un sinfín de posibilidades, de multiversos y de vidas que antes ni siquiera imaginaba.
Yo, que era profundamente antisocial y que disfrutaba encerrada en mi casa, me encontré con ellas. Y ellas me enseñaron lo grande que podía llegar a ser el mundo.
Me domesticaron, como el zorro de El Principito.
Y ahora no sé cómo será tenerlas lejos.
Espero y deseo que sigan tan presentes como lo estarán en mi día a día, en mis miedos, en mis nuevas rutinas, en los retos que están por venir y en mi memoria.
Porque soy plenamente consciente de la fortuna que me ha tocado vivir.
Y de eso va también este post.
De dejarse moldear.
De romper la propia estructura y permitir que el otro entre, te vea y te conozca de verdad. Que vea tus aciertos y tus derrotas, tus luces y tus sombras, y aun así decida quedarse.
Porque le gusta tu totalidad.
Porque con amor se consiguen cosas extraordinarias.
Porque con su ejemplo, con su humor y con su forma de estar en el mundo, consiguieron volver a sembrar semillas donde todo parecía un desierto.
Este post va de volver a empezar.
De recuperar la energía que se quedó por el camino.
De recuperar la ilusión.
De volver a confiar en una misma.
Va de detenerse un instante, recopilar lo aprendido y hacer balance de los años vividos.
Va de atreverse otra vez.
Y de no olvidar jamás que somos, en parte, lo que los demás despiertan en nosotros.
Y yo tengo la suerte de que las Chilis, entre muchas otras personas, me han hecho mejor.
Cada una a su manera.
Cada una con su perspectiva.
Cada una con su forma de mirar la vida.
Y hoy vuelve a emprender un viaje una mujer distinta a la que un día se fue.
Vuelvo con más herramientas, más aprendizajes y más almas bonitas sosteniéndome.
Como un ejército silencioso que no viajará en el mismo avión ni despertará en la misma ciudad, pero que seguirá acompañándome en cada paso.
Porque al final uno nunca se marcha solo.
Se lleva consigo las risas, las conversaciones, los abrazos, los códigos secretos, las lecciones y el amor de quienes ayudaron a convertirle en quien es.
Y si algo he aprendido en estos años es que la distancia puede mover los cuerpos, pero no siempre consigue mover los vínculos.
Por eso me voy con nostalgia.
Pero, sobre todo, me voy agradecida.
Y a vosotros, humanos, os dejo una pregunta.
¿Cuántas personas han cambiado vuestra vida sin que os dierais cuenta mientras ocurría?
¿Cuántas llegaron para quedarse un rato y acabaron dejando una huella permanente?
A veces estamos tan ocupados viviendo que olvidamos detenernos a agradecer.
Olvidamos decirle a la gente que la queremos.
Olvidamos reconocer que muchas de las mejores partes de nosotros mismos no las construimos solos.
Así que, si tenéis la suerte de contar con amistades que son hogar, con una familia que os sostiene o con personas que os hacen crecer, no esperéis a hacer las maletas para daros cuenta.
Porque al final la verdadera fortuna no es llegar a muchos lugares.
Es encontrar personas que convierten cualquier lugar en un hogar.

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T’estimo moltíssim, mi amor. 💕🌸
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