El pais que nos merecemos

Hola humanos.

Llevaba mucho tiempo sin pasar por aquí. Y no por falta de ganas. La vida, que a veces se pone caprichosa.

Normalmente, cuando alguien nos pregunta cómo estamos, decimos “bien” para salir del paso. Aunque la realidad es que la mayoría estamos con más lapsus que Dora la Exploradora.

Hoy no entraré demasiado a nivel personal sobre qué me ha tenido tan entretenida estos meses, porque han sido muchas cosas: buenas, malas y algunas difíciles de nombrar. Seguimos inmersos en procesos que comenzaron el año pasado y otros nuevos que han llegado para sorprenderme, para bien y para mal. Pero parece que poco a poco voy cerrando capítulos y abriendo nuevas puertas.

A lo largo de lo que queda de año lo iré viendo, y os iré haciendo partícipes. No como una influencer de Instagram. Sino como siempre: al modo de reflexionar juntos.

Porque hoy vengo a hablar de otra cosa.

Hoy vengo a hablar de que tenemos el país que nos merecemos.

Está España bonita, vaya.

Está complicado hablar de cualquier tema sin que todo se lea en clave de partidos políticos y no de política. Hay mecanismos sociales y psicológicos que llevan años estudiándose y que no paran de exacerbar la polarización. Nada como “Estamos hechos de lenguaje”, de Carme Jiménez, para entender cómo funcionan las creencias y el cerebro.

Vivimos atrapados entre relatos manipulados, sobreinformación constante y agotamiento mental. Byung-Chul Han ya hablaba de ello en “Infocracia” y en “La sociedad del cansancio”: estamos saturados, aborrecidos, incapaces de procesar más estímulos.

Hoy cualquier pensamiento político se siente como cuando te ofrecen otro polvorón después del atracón de Navidad.

No nos cabe.

Y entonces preferimos entretenernos con cualquier cosa. Dejar de pensar un rato. Scrollear, consumir vídeos absurdos, discutir cinco minutos en redes y seguir adelante como si nada.

Y no es del todo culpa nuestra.

Nos prometieron progreso y nos entregaron una mierda monumental envuelta con un lazo bonito. Parecía que la tecnología venía a mejorarnos la vida, a ayudarnos en el día a día, a liberarnos tiempo, energía y preocupaciones.

Y sí, tenemos móviles capaces de hacer mil cosas, inteligencia artificial escribiendo textos y aplicaciones para absolutamente todo.

Pero intentar hablar con una persona real se ha convertido en un lujo.

Las máquinas automatizan procesos, pero no resuelven problemas humanos. No comprenden el contexto, el cansancio ni la desesperación cotidiana.

Las personas sí.

Hoy darse de baja de una compañía de internet como Jazztel es un auténtico suplicio. Puedes pasarte toda la mañana peleándote con una máquina sin conseguir jamás hablar con alguien que entienda que quieres tirar el router por la ventana y dejar de pagarles.

Un laberinto peor que el del Fauno.

Y al final cuelgas —o te cuelgan— siendo todavía cliente, pero mucho más cansado que antes de llamar.

Y así con todo: pedir hora en el banco, hablar con el gestor, conseguir cita médica, llevar el coche al mecánico.

Todo está saturado, colapsado e increíblemente deshumanizado.

Tenemos el país que nos merecemos.

La educación está que echa chispas. Al menos en Cataluña, las huelgas no dejan de sucederse y caen en saco roto porque los políticos y los mandamases han subido tan arriba que hace tiempo dejaron de escuchar a la gente. O a la plebe, como probablemente nos llamen entre ellos.

Se piden más docentes y más recursos educativos, pero el gobierno prefiere invertir en aplicaciones inútiles y policías vestidos de paisano.

Tenemos algunos de los peores resultados educativos de nuestra historia reciente, ratios insufribles, docentes quemados y una inclusión mal gestionada que ha explotado en la cara de todo el sistema.

La mayoría de profesores viven en precariedad mientras ponen al servicio de la administración su teléfono personal, sus horas libres y su salud mental para corregir, evaluar, organizar viajes o acompañar alumnos.

Más responsabilidad y menos dinero.

Y si protestan, entonces aparece el discurso de siempre:
“¿Dónde quedó la vocación?”

¿Qué vocación?

Si muchos sienten que ya ni siquiera pueden enseñar. Los libros de texto desaparecen, los contenidos se diluyen y cada vez más docentes tienen la sensación de que hagan lo que hagan no sirve de nada.

Porque cuando un sistema convierte a los profesores en administrativos, psicólogos, mediadores, animadores sociales y gestores emocionales, enseñar acaba siendo casi secundario.

Y las familias, que antes colaboraban con los centros, ahora muchas veces actúan como abogados defensores permanentes de sus hijos.

Y así nos va.

Y si la educación da ganas de llorar, qué decir de la sanidad pública.

Eso de que España tiene “la mejor sanidad del mundo y además gratis” es uno de los relatos más repetidos y menos cuestionados del país.

Ni es gratis —porque la pagamos entre todos— ni funciona como debería.

Solo hace falta pisar cualquier hospital general de Barcelona para ver pasillos llenos de camillas, falta de personal, plantas cerradas en verano y profesionales agotados.

Médicos que emigran.

Y los que se quedan sobreviven con jornadas que rozan la explotación.

Y resulta curioso que exijamos tanto a las empresas privadas mientras blanqueamos la precariedad laboral dentro de lo público bajo palabras como vocación, interinidad o bolsa de trabajo.

Conceptos que demasiadas veces solo significan inestabilidad y agotamiento.

Tenemos el país que nos merecemos porque hemos perdido la capacidad de aceptar matices.

Vivimos en extremos.

En el “o conmigo o contra mí”.

En que si no quieres una cosa automáticamente debes querer la contraria.

Hemos perdido la zona gris.

Los espacios de conversación.

El sentido común.

Renegamos de nuestra cultura, de nuestra historia y de nuestras tradiciones a base de simplificaciones absurdas repetidas como loros.

Porque es más fácil abrir ChatGPT, TikTok o Google para confirmar lo que uno ya piensa que leer.

Pero leer de verdad.

No uno o dos libros.

Decenas.

Cientos.

Autores opuestos entre sí.

Pensamientos incómodos.

Construir un criterio propio requiere tiempo, energía y esfuerzo. Y vivimos en una sociedad demasiado agotada como para detenerse a pensar algo más de dos minutos seguidos.

Queremos respuestas rápidas para problemas complejos.

Consignas fáciles.

Vídeos de treinta segundos.

Opiniones prefabricadas.

Y así es imposible construir nada sólido.

Por eso tenemos exactamente lo que nos merecemos.

Una España que se derrumba y que nadie ama porque, en el fondo, ya nadie la conoce.




Comentarios

  1. Amiga, nos hundimos, però has parlat l’idioma de la veritat. Gràcies per dir el que molts pensem però poc diem. 💕

    ResponderEliminar
  2. Ole tu y tus ganas de plasmar todo lo que sientes/sentimos , pero que por comodidad o incomodidad la mayoría callamos y pensamos que nadie hace nada , nadice dice nada y lo peor, para que ... si todo queda en saco roto. X Muchas mas personas como tu . 😊 ( T)

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares

¿Te los has perdido?