No son accidentes

Aloha humanos,

¿Cómo van esas ajetreadas vidas?

Yo, esperando a ver si en 2026 se nos activa un poco el gen de la dignidad colectiva y se les acaba el chollo a todos esos que han confundido un cargo político con forrarse, lucrarse, venderse y hacer teatro en lugar de ponerse a currar. A esos burócratas que nos esquilman para sus caprichos privados mientras nos dejan desprotegidos, vendidos, desamparados, jugando incluso con nuestra salud y con nuestra vida.

Este post sale días después del accidente de tren en Adamuz.
Y sale ahora, precisamente, por respeto: a las víctimas, a sus familias, y también para evitar el sensacionalismo y la sobrecarga de información que brota a borbotones cada vez que ocurre una desgracia.

Soy la primera en alzar la voz y pedir responsabilidades a quien corresponda. Pero hay tiempo.

Como sociedad nos iría mejor trabajar la memoria y la templanza, y no tanto la inmediatez y la prisa. Porque la prisa solo conduce al olvido. Y olvidamos demasiado. Así nos va.


No voy a decir nada radicalmente nuevo. Porque todavía hay que esperar.
No para conocer los motivos técnicos del accidente —eso llegará—, sino para que, cuando lleguen, tengamos la perspectiva necesaria para cuestionarlos y ahondar en las causas reales. Porque estamos acostumbrados a que se tape todo: a que se diluyan responsabilidades a base de mentiras, manipulación o, simplemente, dejando pasar el tiempo hasta que el tema caiga en el olvido.

El caso de Angrois también sirve de precedente ya que faltaban los sistemas de seguridad (ERMTS) propicios que hubieran prevenido dicho accidente del Alvia con 80 fallecidos. 
La cuestión es que olvidamos. Y así nos va.

Las noticias se tapan unas a otras, se buscan tragedias nuevas —preferiblemente fuera de España— para mantenernos entretenidos, enfrentados, como perros enfurecidos, mientras aquí nada cambia.

Sigue funcionando la vieja táctica de la zanahoria y el burro.

En este post no quiero entrar en el debate político partidista ni centrarme en versiones oficiales o titulares ajenos. Quiero hablar desde mi experiencia. Porque lo verdaderamente lamentable es que ya existía un borrador en este humilde blog sobre el estado del transporte público en este país. Un sistema que se está desmoronando ante nuestros ojos, en parte, por nuestra propia pasividad.

No soy pitonisa ni vidente. Pero mi experiencia como viajera habitual de AVE, AVLO, Alvia y Rodalies ya apuntaba a que esta infraestructura traería problemas graves en 2026.

Llevo viajando en AVE desde 2015, concretamente en el trayecto Cataluña–Málaga, normalmente una vez al mes (salvo el paréntesis entre 2019 y 2022). Diez años observando, sintiendo y viviendo un deterioro progresivo que no es subjetivo: es físico.

La primera vez que viajé al sur fue hasta Granada, en aquellos trenes conocidos como “borregueros”. Cama, noche, cierta bohemia. Pero pronto empecé a circular en AVE.

En 2015 el AVE funcionaba muy bien. Cataluña–Málaga en 5 horas y 45 minutos. El tren era suave, estable. Podías leer, dibujar, apoyar la cabeza en la ventanilla y dormir. Había cafetería, podías moverte con seguridad. Y, sobre todo, había fiabilidad: un retraso de más de 15 minutos implicaba la devolución del importe. España presumía de Alta Velocidad, y con razón.

Diez años después, en 2024 y 2025, el AVE ya no es un tren de Alta Velocidad, sino un tren a alta velocidad.

Billetes casi duplicados de precio, retrasos de más de 40 minutos y la eliminación de las compensaciones. ¿Por qué? Porque ni siquiera pueden alcanzar la velocidad para la que fueron diseñados. En muchos tramos apenas se superan los 200 km/h.

Apoyar la cabeza en la ventanilla, tomarte un café tranquilo en la mesita desplegable, leer o dibujar… todo eso pasó a formar parte del pasado debido al temblor constante del tren. Un temblor fuerte, incómodo, que no te dejaba ni descansar ni concentrarte.
Ir a la cafetería suponía una auténtica aventura, porque aunque soy una persona atlética y con bastante buen equilibrio, el zarandeo del tren hacía que fuera avanzando a trompicones, dándole con el culo a todos los pasajeros sentados a lo largo del vagón hasta llegar al bar.

Ver al personal de cafetería era un espectáculo digno de mención: la mayoría de las cosas se caían de los estantes y, con tanto traqueteo, su trabajo se convertía en una auténtica odisea. No era una incomodidad puntual, era algo constante, trayecto tras trayecto.

En esos diez años no estaba acostumbrada a llegar siempre tarde, ni a ver la poca velocidad que llevábamos, ni a sentir ese temblor tan persistente. Pero para colmo, en tres o cuatro ocasiones, a la altura de Córdoba, nos quedábamos parados entre veinte y treinta minutos. Y no era por el enganche o desenganche habitual de los trenes que se dividen hacia Sevilla o Málaga, porque, si no recuerdo mal, eso ocurría más adelante. Era en mitad de la nada.

Un día, ya bastante enfadada, me dirigí a última hora al personal de cafetería y les dije:
—¿Qué está pasando? Llevo muchos años cogiendo este tren y ni iba a esta velocidad, ni llegaba tarde, ni nunca nos habíamos parado aquí.

Porque, claro, nadie anunciaba nada por megafonía. Y cuando lo hacían, eran esas “mentirijillas” de siempre: que si el enganche, que si una pequeña incidencia técnica, que si ahora retomamos la marcha…

Esas dos chicas tan amables se miraron entre ellas, me miraron a mí, se volvieron a mirar y finalmente me dijeron algo que no se me ha olvidado:

—Mira, te entendemos. Nosotras también estamos hartas. Llegamos siempre tarde y estas horas no las cobramos, las meten en una “bolsa de horas” que se supone que algún día se transformará en días de fiesta… que nunca llegan. Este tren y esta vía son las más viejas y casi nunca llegan puntuales. En muy contadas ocasiones.
—Hemos estado parados para que nos adelantara un Iryo, porque como son más rápidos el AVE se tiene que echar a un lado. El problema son estos nuevos trenes: el Iryo, al ser más rápido, y el Ouigo, al ser más pesado, están destrozando las vías y la catenaria. El AVE no puede correr, mira cómo va, tiembla por todos lados. Todo el personal se ha quejado, pero nadie hace nada.

Me volví a mi asiento entre enfadada, preocupada y reflexiva, y también compadeciéndome del personal. Porque estar ahí dentro, viajando con esa información, da de todo menos seguridad.

¿Cómo puede ser que un AVE tenga que apartarse para que pase otro tren más rápido? Esto no es la M-30 ni la AP-7. Coordinar trayectos, salidas y llegadas no debería ser tan complicado. Si el Iryo va más rápido, que salga antes o que salga después, pero no es normal que los trenes vayan pisándose por las vías. Es de vergüenza.

Desde la liberación del mercado de la Alta Velocidad y la llegada de nuevas compañías se ha pasado de cinco trenes al día a casi veinticinco o más. Y es de pura lógica: a más trenes, más desgaste, más mantenimiento, más revisiones y más personal.
Pero claro… esto es España.

Me hace cierta gracia —por no decir otra cosa— cuando algunos alertan con dramatismo: “¡Cuidado! Si llega la derecha, todo se privatizará, será el fin, todo será privado”.

¿Ah, sí? ¿Y qué ha pasado bajo gobiernos que se autodenominan de “izquierdas” con la sanidad, la educación o el  mantenimiento de las infraestructuras que antes le pertenecían directamente a Adif...? Porque la realidad es que gran parte de esos servicios se han externalizado. Es decir, privatizado.

Hoy en día, tanto la cocina en residencias, hospitales y colegios como los servicios de lavandería están en manos de empresas privadas que ganan concursos públicos a base de presentar la licitación más barata. Y ya sabemos lo que eso significa: peor calidad, peores condiciones laborales y un servicio claramente deficiente.
El problema no es solo la privatización —que también—, sino la tacañería estructural, mientras impuestos y billetes no dejan de subir.

Escatimar en bienestar, en salud o en seguridad para ahorrarte unos euros, mientras otros se los gastan en lujos o privilegios, tiene consecuencias. Y luego nos preguntamos por qué pasan estas cosas.

En relación de nuevo con el AVE, en otra ocasión de más de cuarenta minutos de demora hablé con el chico que empujaba el carrito de la cafetería.

—¿Otra vez parados? ¿Pero esto es normal?

Hasta tal punto debía estar harto que soltó el carrito y se sentó a mi lado:

—No puedo más. Mira cómo va este tren, dando bandazos. Creo que me cogeré la baja. Me duelen las piernas, trabajar así es inaguantable. El maquinista acaba de bajar la velocidad porque es que no aguanta, mira cómo tiembla. Cada día llegamos tarde. Son las vías y la catenaria, que ya no dan más de sí, se han quedado maltrechas con la llegada de más trenes y más viajes.

Recuerdo que ese mismo día llamé a mi pareja, a mi madre, y se lo dije también a las amigas que vinieron a recogerme a la estación. Hablamos de la precariedad de todo, de cómo se estaba dejando caer un sistema entero. Y dije en voz alta que, si nadie hacía nada, 2026 lo inauguraríamos con una desgracia a gran escala. Con un drama de verdad.

Y qué pena. Qué jodida pena siento de que se haya cumplido.
No es videncia ni clarividencia: es observar durante diez años algo que usas de forma habitual y ver su deterioro progresivo. Es hablar con quienes trabajan a bordo, escuchar lo que dicen y pensar un poco.

Alarmista, me decían. Y mira. 

Lo que pasó no fue un accidente aislado. Fue el resultado de muchas pequeñas negligencias acumuladas durante años, normalizadas trayecto a trayecto, retraso a retraso, silencio a silencio.

Desde que supe la noticia estoy realmente triste y conmocionada. Puedo recordar a todos los pasajeros que he ido viendo a lo largo de estos años: ancianos, gente joven con sus hijos, bebés, animales de compañía. Son vidas. Personas que han sufrido el pasotismo institucional, la distancia entre lo que se vive a bordo y lo que se decide en los despachos.

Desde el confort de quienes apenas se suben a un AVE una o dos veces, es fácil mirar hacia otro lado. Pero quienes viajan constantemente, quienes tienen familia lejos, quienes van a presentar a un nieto a sus abuelos, conocen bien esta realidad.

Y aquí también hay una parte que nos toca como sociedad.
Porque la pasividad también es una forma de participación. No hacer nada, mirar hacia otro lado o resignarse tiene consecuencias. Y luego nos sorprendemos cuando todo falla a la vez.

Siento frustración e indignación. Pero también calma.

Que se investigue lo que se tenga que investigar y que, cuando llegue el momento, se asuman las responsabilidades que se tengan que asumir.
Pero, por favor, humanos, no olvidemos. No dejemos que dentro de dos meses otra noticia lo tape todo y esto quede abandonado, como tantas otras cosas.

Todo el mundo mirando a Estados Unidos, opinando sobre Palestina o Venezuela… pero ¿y aquí qué?
¿Empezamos a exigir un poco de seriedad a nuestros dirigentes? ¿Empezamos a preguntar qué pasó con aquello que ocurrió hace unos meses? ¿Cuáles fueron los resultados de tanta investigación? ¿Qué pasó con el apagón?

Porque la memoria no devuelve vidas, pero puede evitar que sigamos perdiéndolas.
Y la memoria, aunque incómoda, también es una forma de cuidado.





 


Comentarios

Entradas populares

¿Te los has perdido?