Aloha humanos,
¿Cómo fue el cierre del año? Espero y deseo que lo pasarais como mejor pudierais, ya sea con la familia, en compañía o solos. Ya sea vestidos de gala, en pijama o desnudos. Con uvas, lacasitos o un foskito (como la servidora).
Porque más allá del envoltorio, de las fotos bonitas y del ruido impostado, lo importante —al menos para mí— es hacer balance. Pararse. Mirarse sin filtros. Ordenar las cuentas pendientes con uno mismo y con los demás. Analizar los cierres de ciclo, decidir qué se queda… y, sobre todo, qué no vuelve a pasar el umbral.
Aún con dolor en el pecho, hay cosas, personas y situaciones que no permito que se cuelen en un 2026 que se presenta como un lienzo en blanco. Ya no tengo edad ni energía para cargar con mochilas ajenas ni con historias caducadas..
Más o menos he puesto en orden mis propósitos y proyectos, mis deseos y mis sueños. He hecho listas mentales, he tachado ilusiones que ya no me representan y he añadido otras que dan vértigo.
La pregunta es la de siempre:
¿Nos tomaremos en serio estos propósitos para 2026 o llegaremos a verano lamentándonos por no haber cogido el toro por los cuernos?
Porque soñar es gratis, pero comprometerse con uno mismo tiene letra pequeña.
No os miento: sigo un poco perdida.
2025 fue como subirme a una estampida descontrolada o a esos autos de choque de las ferias de pueblo donde nadie respeta las normas y todos van a joder al de al lado. Kamikazes emocionales, profesionales y vitales drenando sus frustraciones en quien pasaba cerca.
Ahora que han cesado los impactos, salgo de la odisea magullada, con arañazos, despeinada y sin aliento. Pero me levanto. Más consciente. Más despierta. Más guerrera que nunca.
Este año no hay concesiones especiales ni permisos temporales.
No hay buenrollismo forzado ni ganas de ser bienqueda.
Este año peleo con uñas y dientes, pero no hacia fuera, sino también hacia dentro.
Vengo a depurarme.
A desempolvar el asco que me generó 2025 y esta vida loca.
A empezar desde cero, más consciente y resiliente que nunca.
Se terminó el dicho de “buena tonta”.
No hago apología de la maldad, pero tampoco pienso seguir siendo el felpudo de los intereses ajenos y del puto contexto. No más tragaderas infinitas. No más justificar lo injustificable.
He arrancado el año cumpliendo uno de los propósitos más difíciles: adquirir mi propia libertad. Aunque eso implique soltar patrones antiguos y enquilosados. Romper moldes. Dejar de encajar a base de romper mis propias estructuras.
Me niego a seguir haciéndome la ciega.
Me niego a callar y pasar por encima de las cosas como si no me afectaran o no importaran.
Acepto que no soy de acero.
2025 me volvió más humana que nunca. Sacó mi lado más frágil, pero no lo vivo desde el drama ni la pena. Habitar ese dolor que parece insuperable me reveló algo importante: mi fragilidad no es debilidad.
No soy frágil como el cristal.
Soy frágil como una granada de mano sin anilla.
He aprendido que lo blando puede ser más corrosivo que esa dureza impostada que nos ponemos para sobrevivir. Antes era como una roca. Ahora, cuidado: soy como el agua. Blanda, sí. Pero persistente. Corrosivamente letal.
Un año más nunca es en vano.
Cada año enseña algo, aunque duela. Y siempre nos obliga a renunciar a cosas que amamos. En ese aprender y en ese soltar está el verdadero resultado del año, aunque no venga con aplausos ni diplomas.
Todavía me quedan algunas cositas de 2025 por sanar y terminar de arreglar. No voy a fingir que todo está cerrado. Pero encaro 2026 con retos nuevos, con metas distintas y con la fuerza suficiente para asumir los cambios que exige un año más de madurez y un entorno cada vez menos amable.
Estamos expectantes ante un 2026 que se presenta como una nueva temporada de Netflix: nadie sabe cómo va a acabar, pero promete giros de guion.
Y como ya he dicho otras veces, la realidad supera a la ficción con creces.
Entre movimientos políticos internacionales, decisiones de mierda que solo nos hacen gastar dinero (ZBE, Baliza V16 y demás genialidades), nuevas ayudas, discursos que siguen polarizando al personal y unas instituciones cayendo en picado cual alud de nieve… vamos a ver si conseguimos no acabar enterrados bajo estas montañas de absurdos.
Material no le falta al año.
Ni a este blog, que seguirá creciendo y señalando esas taritas del sistema que muchos se niegan a ver, mientras a otros ya nos sangran los ojos de tanto enfocar.
Gracias por seguir acompañándome en este viaje.
Por ahora, apenas día 13, ya voy afilando la espada. Las instituciones y su incompetencia parecen empeñadas en declararme la guerra. No sé si por tozuda, por mi trastorno de conducta o porque sigo pagando algún karma de otra vida, ya empiezo a dibujar un par de líneas negras en el rostro.
En breve os contaré cómo acabó el campo de batalla…
y cuántas víctimas burocráticas e inútiles inoperantes he conseguido arrebatarle al sistema.
Y si soy honesta —que a estas alturas sería absurdo no serlo—, también vengo cansada.
Cansada de explicar, de justificar, de traducirme para que no incomode. Cansada de tener que demostrar constantemente que lo que siento es válido, que lo que pienso tiene fundamento y que lo que denuncio no es exageración, sino experiencia.
Este 2026 no vengo a convencer a nadie.
Vengo a posicionarme.
Quien quiera entender, entenderá.
Quien no, seguirá llamándolo carácter, locura o exageración femenina, que es el comodín de siempre cuando una deja de sonreír mientras se la comen.
He aprendido que no todo merece respuesta. Que no toda batalla se libra y que no todo conflicto es mío. Pero también he aprendido que callar por paz suele salir carísimo, y que el cuerpo pasa factura aunque la boca permanezca cerrada.
Así que este año escucho más al cuerpo que al ruido.
A la intuición antes que a la norma.
A la incomodidad antes que a la aprobación.
No espero un año fácil. Nunca lo son cuando una decide dejar de anestesiarse. Pero sí espero un año honesto. Con tropiezos conscientes, con errores asumidos y con decisiones que, aunque no gusten, al menos me representen.
No vengo a salvar el mundo ni a hacer pedagogía gratuita.
Vengo a habitarme sin pedir permiso.
A ocupar espacio sin disculparme.
A decir que no sin añadir explicaciones innecesarias.
A elegir con quién, cómo y hasta dónde.
Si algo me dejó claro 2025 es que la vida no se negocia eternamente. Que aplazar(se) también es una forma de perder(se). Y que a veces el verdadero acto revolucionario no es gritar, sino retirarse a tiempo.
Así que aquí estamos.
Con cicatrices nuevas, con menos miedo y con una claridad que asusta un poco.
Porque cuando una deja de ser complaciente, empieza a ser peligrosa.
Seguimos.
Y a vosotros, mis humanos, os dejo unas preguntas para digerir entre café, ansiolíticos y scroll infinito:
¿En qué momento aceptamos que una app decida a quién follamos, a quién odiamos y qué pensamos mientras cagamos?
¿Cuándo normalizamos estar agotados por no hacer nada y ocupados por absolutamente todo?
¿Por qué nos preocupa más quedarnos sin batería que sin criterio?
Vivimos corriendo para llegar a sitios que no nos apetecen, trabajando para pagar cosas que no disfrutamos y sonriendo en fotos para demostrar que somos felices… a gente que ni nos cae bien. Todo muy sano. Todo muy moderno.
Decimos que no tenemos tiempo, pero nos tragamos horas de vidas ajenas.
Decimos que estamos hartos del sistema, pero seguimos jugando a su ruleta como si esta vez nos fuera a tocar premio.
Y decimos que queremos cambiar… pero a partir del lunes, que hoy estamos cansados.
No tengo respuestas.
Solo sospechas, sarcasmo y una certeza: esto no puede ser todo.
Así que si este mundo está loco, que nos pille al menos lúcidos, con sentido del humor y con la decencia mínima de no convertirnos en aquello que criticamos mientras hacemos exactamente lo mismo.
Nos leemos.
Si el sistema no me detiene antes. 🖤
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