Querida Santa Rita.... cerramos el año
Hola, humanos.
Parece una ensoñación, pero ya termina este año, que sé de buena mano que ha sembrado dolor en muchas casas.
Este año ha sido desafortunado para mí, pero también para muchas personas que se han puesto en contacto conmigo a raíz de leerme en el blog.
A veces da la sensación de que el mundo o el universo conspiran contra nosotros, de que es algo personal, de que se están cobrando viejas deudas que tenías pendientes. Te sientes desdichado y piensas: ¿por qué a mí?, ¿por qué yo?, ¿qué he hecho mal?
Ya te lo digo yo: nada.
No hay nada de malo en ti ni en cómo estás afrontando las cosas. El mundo no conspira contra ti: es la vida, que puede ser tan sublime como perra. Y pasa con la gorra por todas las casas y portales; más tarde o más temprano nos llama a la puerta a todos. Y hay que darle aguinaldo, aunque su melodía suene de pena.
Esto me lo ha enseñado el blog: ver que mi desdicha no es la única. Como ya dije en el post de la catarsis y lo sublime, todos tenemos las mismas batallas y tragicomedias; lo que cambia son los escenarios, el contexto y la cantidad de herramientas que hayas atesorado en tu kit de reparaciones personal.
No hay una forma única de encarar las desgracias ni los cambios. Vienen solos y, a veces, tienes poco margen para actuar. Pero cuando la mente entra en modo supervivencia es cuando brilla lo más importante.
Todas las otras preocupaciones quedan atrás y te parecen tonterías. La vida, por sí misma, te reordena las prioridades y te dice: eh, atiende aquí; lo otro son vulgaridades.
Espero que este año haya sido indulgente para muchos de vosotros, humanos. Para los que sé que diciembre cierra con preocupaciones, problemas de salud de un familiar; para los que están cambiando patrones antiguos en sus vidas; para los que están teniendo una segunda oportunidad.
Y, sobre todo, para los que —como yo y mi familia— tenemos que afrontar uno o dos huecos vacíos en la mesa de Navidad, os abrazo fuerte. Porque aunque muchos crean que es algo natural y que “hay que hacerse a la idea”, ya os digo yo que es de las cosas más difíciles emocionalmente de digerir. Nadie nos prepara para ello. No sabemos cómo rellenar ese espacio. Nadie podía imaginar que fuese tan ruidoso ese silencioso vacío.
Así que, si este año lo has pasado relativamente bien, sin muchas pérdidas, despedidas o desgracias, sonríe y agradece. Porque es bueno valorar los buenos tiempos y tenerlos de guía y luz para cuando tengas que transitar la parte más oscura y embarrada de la vida. Que llegará. Porque tarde o temprano siempre llega a ponernos a prueba.
A veces nos cuesta valorar lo que sí tenemos, lo que sí nos llena, lo que sí funciona. ¿Porqué sucede? ¿Es porque no estamos atendiendo a nuestras vidas con todos los sentidos? ¿Es por que comparamos nuestras vidas con las de los demás o con algún ideal de vida que nos hemos formado? Las sociedades que estamos creando siempre van al fallo: se recrean en la discordia y resaltan con fosforito amarillo todas las faltas, los errores que no nos perdonamos.
¿En qué momento adoptamos esta especie de penitencia, esta autoflagelación constante?
Nuestras sociedades hiperproductivas nos confunden y nos distraen del verdadero trabajo que hemos venido a hacer aquí: vivir y disfrutar, poco o mucho. El tiempo que sea porque hay un tiempo para cada cosa.
Y es una pena que, a la par, proliferen los imbéciles, la falta de respeto y de silencio. Pocos espacios públicos existen ya para dejar hueco y pensar. Puedes ir —como yo ahora mismo— en un tren regional camino a Barcelona para dar una sorpresa a tus padres y, habiendo mil espacios libres, tener a una chica hablando por teléfono sin parar al lado y, dos asientos más allá, a dos chicos sin oficio ni beneficio que consideran que todo el vagón debe escuchar las gilipolleces que están viendo en TikTok. Estamos normalizando el ruido, y cercenando nuestra intimidad y la de los demás.
La tecnología evoluciona y algunos jóvenes encabezan el mundo nuevo, pero a pesar de que los desarrollos tecnológicos no paran de aumentar exponencialmente, ellos concluyen: ¿para qué usar cascos inalámbricos? ¿Se deben creer tan guay que creen que sus "mierdas" nos interesan a todos? Creo que estamos peor que en la caverna platónica, pero esta vez tiene un tamaño pequeño, tan pequeño como el smartphone.
Es mejor esparcir su gilipollez por el tren y que nos salpique a todos. Quizás soy yo y mi problema de hiperacusia pero siento que estamos ahogando al silencio y, sin él, es imposible pensar. No se puede pensar ni interiorizar con tanto barullo y tanta suciedad auditiva. Ya no es solo el tren: casi no hay silencio ni en bibliotecas, misas o museos. Quizá el último refugio sean los observatorios de aves (si no están masificados).
Cuando llegamos a casa con el hábito de estar todo el día escuchando, la mente necesita más. Más ruido para no pensar. Y tendemos a llegar y “desconectar” … como si en algún momento del día hubiéramos conectado. Qué falsa ilusión.
Y mientras el año cierra sus puertas, queda la posibilidad de mirar adelante con ojos más atentos.. de valorar lo pequeño, lo cotidiano, lo que realmente nos hace sentir vivos. Quizás la verdadera revolución sea aprender a desconectar, a escuchar nuestro propio pensamiento e instinto antes de que nos lo arrebate el ruido constante del mundo y su absurdo.
Quizá eso implique caminar sin mirar el teléfono, sentarse un instante a escuchar la ciudad desde una esquina tranquila, o escribir aunque nadie lea lo que sale de nuestra mente. Pequeños rituales para recuperar el tiempo y el espacio que nos pertenece.
Yo, por mi parte, he empezado un reto personal, una nueva rutina que me permita esos espacios que llevo tiempo negándome y de los cuales, el contexto, no me ha permitido disfrutar. Por lo pronto me guardo la información para más adelante porque tengo entre manos proyectos muy interesantes, que aunque algunos son paralelos a Rita, también forman parte. Os iré contando los frutos de este proceso de crecimiento, de salud, de conocimiento, de introspección y creatividad.
He encontrado un libro que me está enfocando y ayudando a ello brindándome herramientas muy transformadoras, son 12 semanas de trabajo. Si veo que una vez terminado este proceso merece la pena, lo compartiré por aquí y el Podcast.
Mientras trabajo en este nuevo reto personal, recuerdo que cada uno de nosotros tiene su propio proceso. Y es en esos pequeños pasos, en los silencios que nos damos, donde descubrimos que la vida nos sostiene incluso cuando parece caótica. Al leer vuestros mensajes, me doy cuenta de que la soledad no es nunca completa. Cada historia que compartís es un recordatorio de que no estamos solos en la tormenta.
Si miro con retrospectiva, recuerdo una tarde de lluvia, solo un café y el teclado, pensando que no habría forma de ordenar mis ideas… y sin embargo, aquí estoy, compartiéndolas, y de repente todo tiene sentido.
Así, mientras cerramos un año más, agradezcamos lo vivido: la tristeza y la alegría, las pérdidas y los hallazgos. Porque todo eso, incluso lo más duro, es lo que nos hace humanos y nos recuerda que seguimos vivos, sintiendo, respirando y, sobre todo, aprendiendo.
Un fuerte abrazo, feliz Navidad y feliz entrada de 2026.
P.D. Felices fiestas, humanos. Y recordad: si la vida os da limones, haced limonada… o tiradlos a alguien que se lo merezca, a gusto del consumidor.
Para el formato en audio/ Podcast podéis clicar aquí: Episodio 11 Podcast canal Rita Anouk en Youtube.

.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario