Caballo de Atila
Hola humanos!
Hoy vengo que los dedos echan chispas. A ver si mis manos entran en calor en esta ola de frío que sufrimos por Cataluña. No me voy a quejar del tiempo porque, básicamente, hace el tiempo que tiene que hacer. Mi reflexión de hoy no va del clima; más bien del otro tiempo. Ese que pasa mientras no nos paramos a analizar todo lo que absorbemos, lo que observamos y lo que nos chirría —a la vez que no deja de sorprendernos.
Y es que, aunque nadie quiera decirlo en voz alta, en el fondo todos lo percibimos: estamos a las puertas de otra crisis. Quizás más silenciosa que la de 2008, más difusa, menos cinematográfica. ¡Pero no nos desesperemos! No todos los días se presencia el declive de una civilización que ha vivido bastante bien estos últimos 100 años.
Son otros tiempos… Hoy en día está todo politizado, la conversación pública, la privada, los memes, los grupos de WhatsApp. Y paradójicamente, cuanto más se habla de política, menos espacio queda para debatirla de verdad. Sin embargo, me pregunto en qué mundo viven todos estos que piensan que este gobierno está velando por nosotros, o que los impuestos que nos sangran (que con el cuento cada vez son más) acaban realmente invertidos en hospitales y carreteras.
No voy a entrar en política tal y como se entiende hoy. Los partidos políticos y esta democracia representativa me generan entre pereza, risa y pena. Más bien este post va en clave de crítica política al modo tradicional, preindustrial. Sé que para los más jóvenes será difícil imaginar una política de puertas para adentro, que no eclipsaba todas las noticias, todos los eventos o todas las causas sociales. No voy a glorificarla, pero lo que sí tenía la política de antes era seriedad y respeto. Conservaba cierta compostura.
La política se ha ido deteriorando, como todo lo demás: como las instituciones públicas, como los valores de la sociedad y la fe en el progreso. Yo soy de 1990, y aquello era otra época: una época en la que nos decían que estudiando seríamos alguien. No más pobres y precarizados. En los 90 existía esa fe en el progreso, en que los hijos vivirían mejor que los padres. Y no a costa de ellos.
Que yo ya no soy joven, pero tampoco me da para comprarme una casa ni para alquilar algo sola que sea decente. Y no un cubículo que apenas te deja respirar. Que está bien importar cosas de la cultura asiática —no digo yo que no—, pero con el sushi ya vamos servidos. No hacen falta más cuchitriles minimalistas: hacen falta hogares.
¿Solo yo percibo esta crisis?
Cuando alguien se queja de cómo está la educación, la sanidad, la seguridad social… siempre aparece otro recordándonos que no podemos protestar, que qué suerte tenemos de que “sea gratis”. O el clásico: que si viene uno y otro, todo irá a peor.
Pretendíamos dejar atrás la vieja metafísica cristiana, el cuento mesiánico —el cielo, el infierno, los buenos, los malos, los puros y los pecadores— pero solo la hemos substituido. Hemos cambiado los ángeles por siglas de partidos y los demonios por ideologías, pero la dinámica es la misma.
Estos días he estado leyendo a Marx, a Escohotado, a Byung-Chul Han, a Bauman, a Soto Ivars, a Žižek y a Popper. Y después de tanto cerebro, tanta teoría y tanta vuelta, llego siempre al mismo punto: seguimos atrapados en los unos contra los otros entre nosotros. No asumimos la crítica conjunta ni la acción conjunta.
Gastamos la energía quejándonos, despreciando el pensamiento del otro, pero no nos responsabilizamos ni nos alineamos con la vida que exigimos al resto. Queremos derechos —todos— pero muy pocos deberes.
En esta pelea de ping-pong superficial perdemos nosotros: nuestros colegios, nuestra educación, nuestros servicios. Hemos normalizado cosas que hace veinte años hubieran sido impensables. Antes ibas al banco y te atendían dos trabajadores y un director; ahora hay uno solo, y gracias. Un ambulanciero solo. Una enfermera para tres plantas y 160 residentes. Dos TCAES para 40 personas. Una profesora para 25 alumnos y 15 con planes de apoyo individual.
Y luego nos preguntamos por qué vamos tan enfermos y estresados.
Cada vez se precariza más el trabajo, pero esto no es “la izquierda” ni “la derecha”: somos todos. Todos los que nos quejamos para desfogar, soltamos el coraje… y luego el mayor esfuerzo lo invertimos en taparnos con la manta y ponernos Netflix.
Al final también hay que ser honestos y aceptar nuestra parte. Que nos andamos peleando por tonterías y se nos ha olvidado tomar parte en la política de verdad. A veces pienso que el verdadero problema no es la crisis económica, ni la política, ni las instituciones. El problema es el vacío que se ha abierto entre lo que decimos que queremos y la vida que realmente vivimos. Esa distancia es nuestro monstruo. Un abismo cotidiano.
Nos indignamos con razón, pero no sabemos dónde colocar esa indignación; no sabemos convertirla en algo que no sea ruido, cinismo o negar la mayor. En el fondo, sospecho que la crisis más grande no es externa: es una crisis de sentido. Y esa no la arregla ningún partido, ni ninguna reforma estructural. Eso nos toca a nosotros, porque la política real no empieza en las urnas, sino en los pasillos del colegio, en las asociaciones del barrio, en cómo cuidamos a quienes tenemos cerca y que hacemos cuando nadie nos mira.
No vamos a salvar el mundo mañana, pero tampoco podemos seguir viéndolo desmoronarse sin mover un dedo. Igual la verdadera revolución empieza por recuperar la responsabilidad que abandonamos en algún punto entre el cansancio y la comodidad.
Aunque bueno, igual todo esto es una "gran fumada" y es pedir demasiado. Quizá es más fácil seguir indignados desde las redes sociales y confiar que algún político iluminado venga a arreglar lo que nosotros no arreglamos ni en nuestra propia vida. A lo mejor no hace falta quedarnos estáticos para que incluso Netflix pregunte si sigues ahí.
Por lo pronto, el nuevo sociosanitario de mi padre en Barcelona está tan precarizado que la falta de personal ha repercutido gravemente en su salud . Y es una verdadera pena, que estas ratios de personal sean legales y después a cualquier otro negocio o autónomo se les investigue con lupa hasta la medida de seguridad más absurda. No es justo, pero así es el mundo. Y desde aquí, desde este humilde blog y desde cualquier otro sitio avanzo como el caballo de Atila, sin embargo, esta espiral del silencio, esta tendencia a la resignación, nos hace constantemente aceptar como normal cosas que son.
Hasta aquí la reflexión de hoy. Si has llegado hasta el final, gracias por prestarme tus ojos un rato.
Que no se nos enfríe el alma, humanos. Nos leemos pronto.
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Cuanta razon tienes Rita .Lo que escribes es la cruda realidad de un sistema precarizado. De una obra de teatro que se desmorona y arrollara a todos los espectadores
ResponderEliminarTe felicito por exponer la cruda realidad que no queremosver Grande Rita